“No temerás el terror nocturno,
ni saeta que vuele de día,
ni pestilencia que ande en oscuridad,
ni mortandad que en medio del día destruya.”
— Salmos 91:5–6
El texto no comienza describiendo la ausencia del peligro, sino la ausencia del temor. Esto es crucial. El salmista no promete que el creyente vivirá en un mundo seguro, sino que, al habitar bajo el amparo del Altísimo, el miedo pierde su dominio. La teología del salmo no es negación de la realidad, es transformación de la manera de enfrentarla.
El paralelismo hebreo estructura el pasaje en pares: noche y día, oscuridad y mediodía, lo visible y lo invisible. El mensaje es totalizante: no hay franja horaria ni circunstancia donde Dios deje de ser soberano. El “terror nocturno” alude a miedos internos, pensamientos que atacan cuando el control humano se debilita. La “saeta que vuele de día” representa amenazas externas, abiertas, inevitables. Ambas son reales, pero ninguna tiene autoridad final sobre quien descansa en Dios.
La “pestilencia” y la “mortandad” introducen un lenguaje colectivo y social. El salmo no espiritualiza el sufrimiento ni lo reduce a lo individual. Habla de crisis que atraviesan comunidades enteras. Y aun así, la afirmación es radical: “no temerás”. No porque el creyente sea invulnerable, sino porque su vida ya no está gobernada por el pánico, sino por la confianza.
Este pasaje confronta directamente una fe que convive cómodamente con el miedo. Si el temor dirige nuestras decisiones, discursos y prioridades, entonces no estamos habitando bajo el amparo de Dios, sino bajo la tiranía de la ansiedad. El salmo nos obliga a revisar dónde estamos poniendo nuestro descanso real.
Conclusión
Salmos 91:5–6 no promete una vida sin amenazas, pero sí una vida libre del dominio del temor. Habitar en Dios no elimina la noche ni el día difícil, pero redefine quién tiene la última palabra sobre nuestra paz.
Pregunta para reflexionar:
Cuando el miedo aparece, ¿estás viviendo desde el refugio de Dios o desde la lógica del temor que gobierna este mundo?