“Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío;
mi Dios, en quien confiaré.”
— Salmos 91:2
Este versículo no es una oración silenciosa ni un pensamiento íntimo; es una declaración pública de fe. El salmista no dice pensaré ni sentiré, sino “diré”. La fe bíblica se expresa, se confiesa y se sostiene aun cuando las circunstancias parecen contradecirla. Aquí no hay espacio para una espiritualidad pasiva o cómoda.
El texto nos confronta con una pregunta incómoda: ¿es Dios realmente nuestro refugio o solo una opción más cuando todo lo demás falla? Muchos llaman a Dios “castillo” con sus labios, pero levantan sus verdaderas fortalezas en el dinero, la influencia, la autosuficiencia o el control. Salmos 91:2 desenmascara esa doble lealtad. No se puede declarar a Dios como refugio mientras el corazón descansa en otra cosa.
Llamar a Dios esperanza implica renunciar a falsas seguridades. Proclamarlo castillo significa aceptar que fuera de Él somos vulnerables. Y decir “mi Dios, en quien confiaré” es una decisión diaria, no una emoción momentánea. La confianza no se demuestra cuando todo está en orden, sino cuando el miedo golpea y aun así elegimos permanecer firmes.
Este versículo nos empuja a una fe activa y valiente: una fe que habla, que se afirma y que se rehúsa a negociar su dependencia de Dios. No es un salmo para decorar, es una verdad para vivir.
Conclusión
Salmos 91:2 nos confronta con la autenticidad de nuestra fe. Lo que declaramos de Dios revela dónde está realmente nuestra confianza. Él no busca títulos honoríficos, sino corazones que descansen plenamente en Él.
Pregunta para reflexionar:
Cuando el temor aparece, ¿proclamas con convicción que Dios es tu refugio, o corres primero a otras seguridades antes que a Él?